Galo Ontivero

Actor- Director

Categoría: Críticas

La Habitación de Pinter. Crítica de Rodolfo Weisskirch para A sala llena.

El Placer en la Incertidumbre

El arte no debe llenar expectativas. A veces, el entretenimiento está servido en bandeja, y se disfruta, no lo niego. Sentarse, ver una comedia con todos los elementos encima de una mesa desde los cinco minutos y retirarse con todas las respuestas, a veces no está mal. Por supuesto, esto no es teatro trascendente. Sino, cuestión de efectismo. Entrar y salir. Pero si hay algo que la historia nos ha enseñado con respecto a la expresión artística es que son aquellas obras literarias, pictóricas, cinematográficas o teatrales que generan preguntas más allá de la superficie, las que logran trascender. Aquellos autores que pintan algo más detrás de las superficies, que le aplican diversas capas de materiales, los van superponiendo y cuando uno termina de verlo, y va retirando cada una de esas capas, empieza a encontrar un material más estimulante para el intelecto, para que la mente descifre, que provocan no solamente, poder crear sobre esa superficie una nueva reflexión, sino que motiva una impúdica necesidad de recrear esa sensación de incertidumbre para descubrir una vez más el truco de magia. La magia de la expresión artística. ¿Se comprende?

O sea, ¿que es lo que despierta tanto interés aún hoy en día de La Mona Lisa? Acaso, ¿es la belleza de La Gioconda o su enigmática sonrisa, su perceptiva mirada que puede descubrirse desde cualquier ángulo, su cálculo matemático a la hora de ser realizada por Leonardo?

¿O por que nos sentimos atraídos por releer una y otra vez, a realizar y analizar Edipo Reycontinuamente? ¿Es realmente la historia en sí lo que genera este interés, o sino lo siniestro que se oculta detrás, los actos perversos, el análisis que le dio Freud o el mecanismo teatral perfecto, la paradoja imposible que termina convirtiéndose en una posible realidad?

Y llevándolo al terreno cinematográfico, que es lo que nos resulta tan atractivo de David Lynch. Son justamente sus relatos o la forma en la que están contados, el misterio a su alrededor. El arte de generar preguntas y no dar respuestas, o que simplemente, las respuesta no estén ni nunca logren encontrarse.

Todo esto me lleva a pensar en Harold Pinter y La Habitación. Si bien sabía que Pinter no es un autor que se puede analizar en forma simple y superficial, descubrir esta primera obra que escribió y ahora es llevada con una puesta notable por Gonzalo Facundo López, confirma el genio de este dramaturgo, por qué trascendió a lo largo de la historia, y que el premio Nóbel de literatura otorgado en el 2005 tiene su justificación. Y uno puede sentir esa incertidumbre y absurdo que rodeó todo el resto de la obra de Pinter en esta primer obra.

Un profesor de guión me dijo una vez. Si uno ve la ópera prima de un cineasta legendario, va a encontrar en ella todos los elementos que fue desarrollando en el resto de su filmografía. Se puede ver esto en Lynch, Welles, Godard y hasta Christopher Nolan.

En Pinter sucede algo similar.

La Habitación es la historia de Rose, una mujer atrapada en un departamento que alquila junto a su marido en el centro de Londres. Pero encerrada en una vida que no le pertenece, que no es suya. Esa vida debería ser de otras personas. Mientras trata de mantener una relación con su cónyuge, van apareciendo diversos personajes, que le van dando pistas que debe escapar. Personajes absurdos, sin pasado, quizás sin presente, en realidad, pero que provocan que Rose empiece a tener dudas, se le sumen temores, relacionados al piso donde vive y reflexiones sobre su pasado.

Relatar más sería explicar lo inexplicable y revelar demasiado. Así como haría posteriormente en otras obras, Pinter, reflexiona sobre los orígenes de cada ser, la identidad, los vínculos familiares, la crueldad masculina de la sociedad obrera británica, los prejuicios sociales, la rutina y el conservadurismo. Todo englobado en un teatro instantáneo y efímero, ya que se trata de una obra corto, abrupta.

La puesta del director de la última versión de Woyzeck se basa en la reproducción de los climas que salen de la obra original, el misterio que engloban los personajes que van apareciendo, las palabras sin sentido, la comunicación, el hermetismo de los universos de cada personaje, una sensación de soledad, de que cada uno está solo en su propio mundo, de que ningún personaje tendrá salvación. Incertidumbre, energía negativa, aquello podrido e indefectiblemente invariable que significa un destino marcado.

Oscura, aprovechando sombras y claustrofóbica esta puesta traduce muy bien esa sensación de sin-salida, a pesar de que el espacio está abierto. El ritmo es fundamental para entrar en el clima. El lento ascenso hasta el climax y el rápido descenso hacia los infiernos, provocan que uno diga al instante: ¿qué pasó acá? Y por supuesto genera una adictiva necesidad de re visualizar la obra.

Las sólidas interpretaciones, especialmente de Azul Ratti, Galo Ontivero y Sergio Ferreiro, llenas de sutilezas, trabajando lo minimalista y lo exagerado son características propias del “absurdo” y el cinismo de La Habitación. Aquellos que se calla, los silencios, y aquello que comunica mucho pero dice nada. Estas tres interpretaciones mueven los hilos del relato, la evolución de los sentimientos, la incertidumbre de los discursos.

Esa incertidumbre que genera el placer de saber que se tiene delante una verdadera obra maestra, donde la solemnidad no le quita peso a la ironía, el sarcasmo y la crítica social, donde se desnudan sentimientos hipócritas con el fin de generar una reflexión, que 55 años después de haber sido escrita, sigue siendo contemporánea. Gracias Harold Pinter.

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La Habitación de H. Pinter por Javier Arroyo de Revista El Abasto

El dolor de ser

Una vez más una nueva obra del reconocido dramaturgo inglés Harold Pinter se puso en escena en lo que es la prominente y abultada cartelera del teatro off porteño. En este caso, se trata de la obra La habitación. El primer texto teatral que el reconocido dramaturgo y escritor –Premio Nobel de Literatura en el año 2005- pusiera en escena en su carrera como hombre de teatro.

En este caso la responsabilidad de llevar a cabo este proyecto recayó en las manos del joven director Gonzalo Facundo López quien decidió montar este espectáculo; de un autor que, en más de una ocasión, han enrolado dentro del teatro del absurdo.
¿De que trata la obra? Pues bien, en ella vemos a una mujer –la que nunca pareciera querer parar de hablar– preparándole el desayuno a su marido que, en el más absoluto de los silencios, soporta estoicamente, mostrando así su profundo malestar –impecable despliegue interpretativo del actor Galo Ontivero– ante los insistentes embates por intentar mantener una conversación de parte de ella. Pero el aguerrido intento de aferrarse a las palabras de parte de ésta, pareciera está lejos de querer establecer un lazo de comunicación veraz, verdadero y profundo. Ya que poco y nada capta, o no le interesa, de todo aquella potencia comunicativa que emana su esposo desde sus silencios y miradas.
Pero aquí, recién comienza todo, ya que, luego, entrarán otros personajes a escena que develarán, un poco, los motivos de por qué esta mujer actúa de esa forma. Moviéndose así, con ese temor incipiente todo el tiempo, aunque intente mantenerlo oculto; de allí, entonces, su decisión de no querer ver lo que pasa en su derredor intentando evitar los conflictos.
Cuando aparecen otros personajes será claro por qué esta mujer hace lo que hace, intentando escapar, cosa –que se deduce viene haciendo desde hace tiempo– de su pasado; tratando de modificar así su realidad. Aunque, es sabido, que uno es todo aquello que ha dejado también… Por más que intente escaparle al bulto: eso somos también. Y quizás, esencialmente. Y así, en el lugar, y en el momento menos elegido por uno, sin que se lo espere, le puede caer gran parte de su realidad encima…
En cuanto al montaje escenográfico de esta propuesta está bastante a tono, no sólo con el “cuentito” que aquí transmitimos sino, además, con el significado implícito del relato; ya que, si bien, todo el ambiente da la impresión de ser muy sólido, nada es lo que parece y todo pende de un hilo.
Por otra parte, la labor del elenco es muy homogénea desempeñándose todos muy bien en sus respectivos roles.
Para ver.

Javier Arroyo

La Habitación de Harold Pinter por María Inés Senabre

LA HABITACION – agosto 2012

En esta obra hay una historia, una historia no dicha de una mujer que no puede salir de la casa de su padre… Lo logra a duras penas y desata todos sus conflictos sobre su casa y los que la rodean… Los fantasmas de su vida los lleva pegados en el alma, de paseo por donde vaya.

Esa es la historia, pero lo que sucede es maravilloso,  maravilloso juego de tensiones y temores conocidos,  maravillosos y angustiosos  silencios compitiendo con maravillosas cataratas de palabrerío angustioso.

Una puesta excelente.  Concurrí dos veces a verla ya que un apagón en toda la zona interrumpió la función ya comenzada. La estampa de estas primeras escenas, la imagen de Bert  Hudd (Galo Ontivero) siguiendo como quien mira a su fantasma personal a Rose Hudd (Azul Ratti) que habla llenando todos los angustiosos  silencios. El señor Kidd (Sergio Ferreiro) que apenas puede concentrarse en la conversación abstraído por extrañas cuestiones…

Y así siguió  cuando volví  quince días después,  todas las actuaciones muy buenas, completaron perfectamente la primera impresión.

La dirección Gonzalo Facundo López  se luce en este juego de ritmos con marchas y contra marchas. Un trabajo de lujo en la escenografía, ajustado al estilo de la obra… maravilloso.

Me alegro de verdad de haber vuelto…

María Inés Senabre

Almuerzo en casa de Ludwig W. de T. Bernhard por Hector Alvarez Castillo

“Almuerzo en casa de Ludwig W.”

Una cita con el teatro

Es probable que ante las obras de Thomas Bernhard (1931-1989), nuestros valores y vivencias entren en crisis. Lo que ocurre en el texto no deja de salpicarnos. No hay invitación a la distracción, nada semejante; lo que está en ellas va directo a la esencia de lo humano. Los destellos de libertad que percibimos, enmarañados con la lucha y la agonía, no ofrecen estancia cómoda, aún en los pasajes en que la comicidad nos lleva a una risa incontenible.

El estilo de Bernhard combina de manera constante el humor negro y la ironía, tanto como la locura, la soledad y el sin sentido de esta existencia. En su teatro esto se expone merced a un mecanismo de gran complejidad dramática, que se nos presenta pergueñado con simpleza magistral. El ser humano aparece como un animal que choca contra sus límites, y su rebelión no es más que un gesto absurdo o un grito ahogado. La alienación, la autodestrucción, son la opción que siempre está a mano.

En “Almuerzo en la casa de Ludwig W.”, las hermanas comienzan a deshilvanar la historia, desde los comentarios sobre la estadía de Ludwig en el nosocomio hasta los avatares familiares que surgen en los diálogos. Los intercambios de palabras en la obra siempre trasmiten frenesí, un páthos. Hasta el silencio mismo, cuando hay tiempo para él, es acuciante. El ritmo despabila. Asistir a una representación de esta obra, seguramente, no es un pasatiempo.

La excusa, o la fuerza que construye la acción, es el regreso de Ludwig a la casa paterna, habitada por sus dos hermanas. Él está allí desde la noche anterior, y nosotros asistimos al momento en que se prepara el primer almuerzo. Los hermanos se reunirán alrededor de la mesa tutelar, en una ubicación que tendrá resonancias en la memoria de cada uno de ellos.
El clima intenso y asfixiante manifiesto en cualquier rutina –poner una mesa, servir la comida– transforma a ésta en un ritual, nos introduce en las formas de una religión familiar, donde los símbolos se manifiestan rotundamente. Sólo el orden maníaco de la hermana mayor –síntoma de expiación–, es una defensa ante el ímpetu de Ludwig y lo familiar, que avasalla la posibilidad de un presente sano. Los personajes habitan en la endogamia, coexistiendo con ellos una competividad que es otra ancla hacia el pasado. El trabajo sobre el lenguaje penetra en las capas de la realidad de modo obsesivo.

Ludwig es eje del discurso, ausente o presente dispara la acción. Y aquí tenemos la destacada actuación de Galo Ontivero, que es capaz de imprimirle al personaje la energía que éste solicita en la mayoría de los pasajes, así como la apatía que no deja de acompañarlo. El papel de sus hermanas no es meramente formal, sino que sobre ellas también se recuesta el peso de lo familiar, ese mandato feroz que las ata vitalmente. Puede vérselas como satélites de ese hermano que retorna, pero todo gira alrededor de ese fatum familiar.
Natalia Fernández Acquier despliega suficiencia en el rol de la hermana mayor, desde la postura física, la voz, sus incursiones dentro y fuera del sitio donde se plasma lo esencial de la historia. Fernández Acquier siempre está participando. Siempre está ahí.
El papel de la hermana menor –dentro del triángulo establecido–, es el que muestra mayor contraste con la personalidad de Ludwig, quien goza de una inteligencia brillante. Ahí encontramos a Tatiana Santana, que da la impresión de no acabar de delinear el personaje, un personaje volátil, pero no fácil de interpretar.
Debemos agregar que la música, y en una obra con constantes referencias a ella, es incindentalmente correcta, gracias a la buena labor de su creador e intérprete: Gabriel Cichero.

El teatro representa la realidad del teatro, la otra es una excusa. De otro modo se escribirían ensayos y biografías donde encontramos novelas y dramaturgia. Panfletos y no poemas, donde leemos poesía. Si en esta obra para el autor están presentes momentos de la vida del filósofo Ludwig Wittgenstein –recordemos su amistad con uno de su sobrinos–, o al menos el fantasma de éste, a mi juicio este dato o fuente son prescindibles. No es necesario saber sobre esto cuando se está ante el texto y su puesta escénica. Agrega algo, un disfrute marginal. Pero “Almuerzo en casa de Ludwig W.” está más allá de eso, es un almuerzo en familia, con todos sus integrantes, con los que están tanto como los que partieron, esos que permanecen simbólicamente, con fuerza bestial, arrasando el presente. Es un almuerzo con sus padres, la sirvienta, el doctor, las vacaciones, con la abuela, con nosotros mismos. Porque también nos han invitado.
En esta línea de análisis podemos interrogar qué tanto busca el autor realizar una crítica o cuestionamiento hacia las artes en general y la filosofía, hacia los intérpretes o los creadores. O si esas menciones al fin no son más que manifestaciones de lo humano, todas ellas condenadas al desastre. Eso está ahí, cada uno discutirá o avalará la ocurrencia en su momento. Coincidirá con la voz de los protagonistas de este almuerzo familiar o no, se identificará o romperá lanzas con lo explícito e implícito del discurso. Lo que no podrá es permanecer ajeno. Bernhard si no nos hace más inteligentes, al menos nos fustiga en ese sentido.

Esta puesta de Carlos Peláez, secundado por Valeria Pierabella, es una excelente posibilidad de ver teatro en base a buenas actuaciones y a un texto literario y dramático que alientan a salir de nuestras casas tras lo que no abunda. La dirección es la de alguien que ha sabido captar las posibilidades expresivas de la obra.

Héctor Alvarez Castillo
Buenos Aires, junio de 2011

Ficha técnico artística

Autoría: Thomas Bernhard
Actuan: Natalia Fernandez Acquier, Galo Ontivero, Tatiana Santana
Diseño de vestuario: Ana Nieves Ventura
Diseño de escenografía: Eduardo Spindola
Diseño de luces: Eduardo Spindola
Diseño sonoro: Gabriel Cichero
Música original: Gabriel Cichero
Asistencia de dirección: Valeria Pierabella
Prensa: Claudia Mac Auliffe
Dirección: Carlos Peláez

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En la soledad de los campos de algodón de B.M.Koltés. Crítica de Marcelo Saltal para Revista El Abasto

Perdidos en la noche

Una vez más se ha puesto en escena la obra de Bernard Marie Koltés, En la soledad de los campos de algodón; aunque esta vez bajo la dirección de la directora franco-argentina Coralys Schor Brener.
Para aquellos que no lo conocen, Koltés es un autor francés que falleció de sida, siendo todavía muy joven, en el año 1989, a los 41 años de edad. Tuvo una prolífica producción y como bien señala el programa de este espectáculo es, probablemente, el último heredero de aquellos poetas malditos, franceses, tales como Rimbaud, Verlaine y Mallarmé.
En esta obra se cuenta el encuentro, durante una noche, de un dealer con un hombre cualquiera. Sólo este es el disparador. No hay mayores especificaciones. Pero esto solo basta para contar, para sugerir, qué pasa entre ellos. Por momentos, se amenazan, su huelen, coquetean entre sí. Una de las mayores dificultades para abordar un texto de estas características son los largos, enormes parlamentos que tienen cada uno de los personajes, todo el tiempo. Pero no es ésta la única dificultad; ya que, es esta una de las gracias de este bello texto, la enorme y pletórica poesía que encierra cada uno de estos parlamentos. Debo de reconocer que los dos intérpretes de esta versión, José Escobar y Galo Ontivero, están muy bien en sus desempeños actorales; los dos supieron imprimirle la suficiente vida a los personajes que interpretan, así sus extensos parlamentos no suenan a hueco, están habitados, cargados de imágenes, de emociones, de pensamientos que nos dicen cosas. Y este, probablemente, sea uno de los hallazgos de la directora de esta propuesta, Coralys Schor Brener. Aquí la palabra no es solo bella, y vaya si lo es, sino que, además, redunda en una serie de diversas cuestiones existenciales que atañen al ser; dejándolo varado en una especie de intersticio que no hace otra cosa más que sumirlo en la angustia y en la bronca de ser.
Por otra parte, no puedo dejar de reconocer el atinado uso del espacio que contiene esta versión y de destacar como la directora supo encontrar el ritmo ajustado, apropiado, que esta obra requiere. Hay también un interesante despliegue físico por parte de los actores el que, por momentos, los lleva a ciertos enfrentamientos corporales y, en otros pasajes, se desplazan de forma tal que, a veces, dan la sensación de que se estuviera delante de una coreografía.
Para ver.

Marcelo Saltal
marcelocree@yahoo.com.ar
FICHA TÉCNICA. Obra: En la soledad de los campos de algodón. Autor: Bernard Marie Koltés. Versión: Abraham Schor, Coralys Schor Brener y Pablo Zadunaisky. Traducción: Jorge Dubatti y Marta Taborda. Elenco: José Escobar y Galo Ontivero. Diseño de iluminación: Claudio del Bianco. Asistente de dirección: Paula Garavaglia Martín. Asistente de producción: María Luz González. Dirección: Coralys Schor Brener. Sala: Delborde Espacio Teatral, Gallo 826.
Revista El Abasto, n° 136 , octubre 2011.

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En la soledad de los campos de algodón de B.M.Koltés. Crítica de Laura Cerrato.

Considero que esta puesta de Cora Schor-Brener es un reconocimiento a las fuentes del teatro moderno que, en los últimos años, han sido algo olvidadas. Y es el teatro de texto que, sin desdecir el origen etimológico del “drama” como acción, implica también tener en cuenta lo que ha permitido al teatro perdurar a través de miles de años: la palabra como pensamiento, rasgo distintivo del ser humano, que en la comunidad del hecho teatral, convoca, sin embargo, a esa soledad (¿de los campos de algodón?), a cierta concentración que nos permite adentrarnos en lo más interior del otro, con su dosis de verdad y de mentira, sus miedos y sus anhelos y la relativización de quién es el agresor y quién el agredido. En parte reminiscente de aquella Historia del zoológico, de Edward Albee, Koltès, en esta obra de 1987, dos años antes de morir de sida, nos plantea brutalmente a nosotros, en esta era de la permisividad y el todo vale, cómo el arte crece mejor en la dificultad. Dificultad o resistencia no sólo contra la censura, sino contra la aporía que representa la palabra en sí, la vida misma. Desde los clásicos del erotismo del siglo xviii (de Sade,  Rétif de la Bretonne, Mirabeau, y otros que constituyen “l’enfer” de la Bibliothèque Nationale), a ciertos textos homoeróticos hasta hace dos o tres décadas, el impulso va más allá del erotismo en sí, para abordar con coraje la imposibilidad misma de ser. Un tema muy beckettiano con una factura totalmente distinta.

La puesta de Cora Schor-Brener muestra una elaboración muy seria; en primer lugar, del texto: es decir, de la traducción. El pasaje o transferencia a otro idioma forzosamente renunciará a las cadencias “racinianas”, pero descubren las posibilidades, a veces no suficientemente explotadas, de un castellano argentino con una cadencia propia, que prescinde igualmente de la solemnidad del lenguaje “elevado” y de la coloquialidad pauperizada. Y que, sin embargo, logra igualmente una gran fluidez conversacional y momentos de alta poesía. El juego escénico, que roza lo coreográfico, muy cuidado, así como la labor y dicción de los actores, Galo Ontivero y José Escobar, complementa con justeza la violencia física con la verbal.

En suma, una puesta sumamente rica y sugerente, y que, al mismo tiempo, se rige por una encomiable economía de medios.

Laura Cerrato

(Profesora Titular Cátedra Literatura Inglesa  en Facultad de Filosofía y Letras de la UBA)

Jugar con Fuego de Strindberg. Crítica de Martín Wullich.

El dibujo textual de August Strindberg ante una familia que ha perdido a su cabeza paterna es, quizás también, dibujado por alguien en unos bocetos que se retocan durante el transcurso de la obra. La viuda hace lo que puede. Los hijos se desbandan. Como todo lugar que ha sufrido cierta opresión debido a reglas que devinieron arcaicas, energías ocultas y pujantes presiones de todo tipo salen a la luz mostrando las realidades que se escondían para mantener una imagen impoluta. Se pierden los límites. Las pretéritas convenciones sucumben. Surge el sexo como escape. El título de la pieza explicita el juego en que se embarcan.

El lugar elegido para la inusual puesta en escena es una escenografía natural, encantadoramente atrapante. La intimidad lograda, con apenas una veintena de espectadores, sentados en el patio, usando de asiento hasta la escalera que va al lavadero de la antigua casa, mientras muta gradualmente la luz natural del ocaso y se oye hasta la respiración de los actores, genera una comunión cómplice con el espíritu de esa familia.

Comienza a tejerse el drama, se espera un relato elocuente en el reflejo y vivencia de las pasiones, de la abúlica existencia, de la tibia indolencia. Hay perversión, hay displicencia, hay desamor, hay fastidio, hay mucho para expresar, pero los intérpretes no viven el texto, no lo expresan convincentemente sino en forma retórica, no juegan con fuego. La excepción es la personificación del hijo realizada por Galo Ontivero, cuya sola presencia impacta. Hay enojo en su mirada, hay ironía en sus movimientos, hay hartazgo en lo que siente, y todo eso se transmite sobradamente. Martin Wullich

Leer crítica en página web de Martín Wullich

Almuerzo en casa de Ludwig W. de T. Bernhard. Crítica de Marcelo Saltal para Revista El Abasto.

La vida es una herida absurda

La elección que tomaron como extracto de un parlamento de los personajes para el programa de mano, dice lo siguiente: “Todo el tiempo estoy pensando que tarde se ha hecho”. Y creo que la sola elección de esta frase marca claramente el contenido de lo que se busco señalar con esta obra.
Pero, perdón, aún no he aclarado a qué espectáculo me estoy refiriendo. Estas líneas a las que estoy abocado están haciendo referencia a la actual versión, que hay en el barrio, del texto de Thomas Bernhard, “Almuerzo en casa de Ludwig W”. Y sostengo que la ponderación de esta sola frase a modo de presentación, si se quiere, señala todo lo que esta implícito aquí porque nos sugiere, de movida, nomás, que siempre hemos llegado tarde a todo; que nos perdimos el tren y, por lo tanto, si nunca llegaremos a ningún lado para qué cornos estamos aquí. Entonces, qué sentido tiene vivir. Temita nada menor. De esto, poco más, poco menos, habla la obra. De la apatía frente a la vida.
La anécdota disparadora de todo esto es la llegada de Ludwig a su casa natal, junto a sus dos hermanas. Esto es todo. Y nos basta para a partir del entramado de sus relaciones bucear en el sinsentido que tiene la existencia misma.
Por ser el primer trabajo como director de Carlos Peláez aplaudo su osadía de animarse a montar un material tan complejo como éste. Y, vale decirlo, sale muy bien parado en su jugada. Ha sabido crear para la casa de los personajes un ámbito que remite a un nosocomio, a un hospital. ¿Quizá, como un modo de sugerir que estamos todos locos al aceptar vivir en esta existencia carente de sentido como la que nos toca? Está muy bien trabajado el ámbito espacial, es tan enorme, con tantos claroscuros, que los personajes, por momentos, parecieran perderse, hacerse chiquitos, como sucede, a veces, en la vida misma.
Es muy interesante, además, los distintos planteos que formula el texto en cuanto a la ponderación y menosprecio de distintas actividades artísticas, tales como la música, el teatro, la pintura y la filosofía. De todas éstas sólo la música sale indemne… El resto son pobres manifestaciones que carecen de valor alguno, según el autor.
En cuanto a las interpretaciones, vale señalar, que el único que se destaca notablemente es el trabajo del actor Galo Ontivero. Supo imprimirle una energía y un tono tan sutil y contenido a su Ludwig que logró así potenciar la enorme angustia existencial que corroe a su personaje, a diferencia de sus compañeras que sólo lo acompañan formalmente.
Si quiere ver una obra de teatro y ponerse a reflexionar, este espectáculo está hecho para usted.

Marcelo Saltal
marcelocree@yahoo.com.ar

FICHA TÉCNICA. Obra: Almuerzo en casa de Ludwig W. Autor: Thomas Bernhard. Elenco: Galo Ontivero, Natalia Fernández Acquier y Tatiana Santana. Asistencia de dirección: Nayi Awada. Dirección: Carlos Peláez. Sala: El Portón de Sánchez, Sánchez de Bustamante 1034, tel.: 4863 -2848.

Revista El Abasto, n° 126 , noviembre 2010.

Leer Crítica en Revista Web El abasto.

Jugar con Fuego de Strindberg. Crítica de Espectáculosalamod.

JUGAR CON FUEGO – abril2011

“Jugar con Fuego”
de August Strindberg

Una joya. El juego del aburrimiento, de quien no encuentra razón ni fuerza para cambiar su vida, ni motivo para emprender un riesgo real. Ante una vida sin objetivos ni necesidades la mente humana crea juegos para que el corazón siga latiendo. La obra plantea el diseño de la indolencia y la búsqueda de la lucha por diversión pues esta le ha sido negada por la historia. Un juego en el cual no todos manejan con astucia las fichas ni conocen con claridad los reglamentos, siendo esto imprescindible para no quedar fuera de él.

Aprovechando el patio de Querida Elena se acomodó la escenografía. Un vestuario maravilloso que nos lleva a ese extravagante y, a veces triste verano. Algunas situaciones cómicas y la fuerte sensación de estar participando de ese momento familiar en el que sería lógico que aportemos al diálogo y aventuremos una opinión. Más allá del viaje en el tiempo que nos propone la escenografía y del conflicto que nos puede ser ajeno, la humanidad profunda de algunos diálogos y la frialdad con la que el se miran unos a otros trascienden el tiempo.

A través del excelente trabajo de los actores todo parece natural y lógico. Si tuviera que destacar alguna actuación sería la de Galo Ontivero en el papel del hijo que es brillante y también Adriana Cerutti en sus breves apariciones como la madre de esta familia.

Un viaje fantástico a un mundo, que tal vez no sea tan extraño para todos.

Leer Crítica en Pagina online de Espectáculosalamod

Jugar con Fuego de Strindberg. Crítica de Estela Gomez para Showonline.

 

“No es el amor quien muere, sino nosotros mismos…” (Luís Cernuda).
Con ésta frase, podemos sintetizar el estado de ánimo de los protagonistas, de ésta obra de teatro.
Ni bien comienza, nos damos cuenta del hastío en que se encuentran, la desdicha y la desazón de sus vidas sin sentido, dónde sólo la apariencia y el ocultamiento, tienen lugar en ella.

Esta familia distinguida está compuesta por: el hijo, una persona cansada, que no ha hallado el camino correcto, sigue buscando inconcientemente “algo”, que lo motive a “seguir”. El dilema se da, cuando pensamos si quiere seguir igual que siempre o trata de cambiar ciertas cosas para no seguir igual o, a pesar, que modifique situaciones, su vida no se va a modificar.
Para esto, su mujer, dice que transcurre sus días en forma monótona. A lo mejor, tiene mucho movimiento, pero ella no lo quiere ver, y busca un salvador, que la motive y que la haga sentir viva.
El amigo de ambos, es el “depositario” de los problemas; en él “depositan” todas sus miserias, sus deseos, sus angustias; pero, él, se confunde y siente que pasa de ser la “mala persona”, a la víctima, de éste grupo enfermo.
La prima, es la clave de la historia porque sabe muy bien lo que sucede, y lo dice.
Todos la usan y ella se deja usar, pero también, ella los maneja y se mezcla en ese estado especial.
Por último, los padres, que están en un mundo aparte, ven con claridad, aunque “hacen” que no ven nada y sólo sueltan algún indicio, de vez en cuando, para demostrar que también, se dan cuenta pero que callan.

Es toda una realidad y una farsa, ya que, ahí, se juega un juego “peligroso”, que les permite sentirse vivos, disfrazándolo de “normalidad”.
Es una trama profunda, con mucho contenido y, además, es una muestra visible de cómo los seres humanos somos complejos y heterogéneos, y, que nuestras acciones, demuestran como estamos por dentro.

El patio de Querida Elena, le da un marco romántico a ésta novela, que parece hecha para éste lugar.
Las plantas, los sillones y las luces, hacen un grato contraste con el vestuario blanco de los actores, que sobresalen dentro del decorado.
La iluminación tenue, sugiere aún más, el clima tenso y la música, nos traslada a un lugar de ensueño, en los momentos muy intensos.
Muy buena la actuación de cada uno de los artistas, que ponen en escena toda su experiencia y capacidad. Se destacan los tonos de sus voces, y de los tiempos de expresión, lo que hacen que se manifiesten idóneamente.
La directora, Mónica Benavides, ha logrado un producto perfecto poniendo en práctica su calidad profesional, viéndose reflejado en éste maravilloso drama.

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