Galo Ontivero

Actor- Director

Categoría: Críticas

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Nosotros los héroes por Pacheco de Diario La Nación

Héroes signados por el dolor

En un viejo teatro de pueblo, una compañía pasa sus días haciendo funciones e intentando definir sus próximas actividades. Ellos forman parte de ese grupo de actores que gira por el interior de un país sabiendo que en las ciudades capitales su arte no tendrá posibilidades de desarrollo y, tal vez, hasta no genere interés.

La mujer que conduce la compañía lo hace como una especie de mandato hereditario que su hija deberá continuar. Una empresa familiar, a la que se integran otros intérpretes con el único objetivo de formar parte de algo que les de la posibilidad de concretar un acto artístico, aunque éste sea pobre, falto de creatividad.

Entre ellos, es como si el talento no se midiera. Solo quedan viejos recuerdos de momentos felices. En el presente de la acción se vive el día a día y las relaciones interpersonales están comenzando a complicarse. Para colmo de males, la guerra está por estallar en Europa.

En ese marco de expectativas por seguir haciendo arte y un mundo social y político próximo a estallar, transcurre la acción de Nosotros, los héroes. Como en la mayoría de los textos de Lagarce, héroes singulares, perdidos en un mundo plagado de inseguridades, donde los afectos se diluyen y los pocos objetivos que se proponen, en la mayoría de los casos, no llegan a buen puerto.

El autor francés construye un material sobre todo de personajes. Donde cada uno deberá expresar quién es en pocos momentos y hacerlo de manera muy contundente. Cada una de sus conductas debe referir esa conmoción que parece superarlos a cada instante. Pero el arte los contiene, a su manera y, entonces, pueden salir adelante, de manera dolorosa, es cierto.

La dirección de Mónica Benavídez es muy cuidadosa a la hora de dar el marco ideal en el que esa acción transcurre. Consigue climas muy ajustados y hasta ciertas tensiones, que asoman en las relaciones de los personajes, se exponen con elocuencia. El espectador logra aprehender con fuerza esa singular situación de devastación en la que crecen esas criaturas.

El elenco es un tanto heterogéneo y es ahí donde ciertos momentos de la pieza pierden su intensidad. Es que algunas actuaciones resultan muy exteriores y eso hace perder fuerza a los personajes. Resultan sobresalientes las actuaciones de Lucía Lerendegui, Galo Ontivero, Walter Rosenzwit, Rafael Lavin y María Laura Rojas.

El diseño escenográfico de Eduardo Spíndola y la dirección musical de Sergio Klanfer sintetizan muy bien ese clima de tristeza y opresión que abunda en los textos de Jean-Luc Lagarce.ß Carlos Pacheco.

Persona en suplemento Soy de Página 12

Tres en uno

Con una puesta kitsch e intimista, donde el público, sentado al lado de los actores, comparte el stage y forma parte de la obra, Persona transcurre preguntándole al espectador qué pasa cuando hablar no sirve de nada. ¿Se puede ser una persona y otra a la vez?

Por Facundo R. Soto

Un hombre que trabaja de enfermera –La Numis– camina con tacos, lleva las uñas pintadas de rojo-sangre y usa barba. Trabaja con su hermana (también enfermera). Ella, Alma, que parece salida de un cuadro de Botero, pesa más de cien kilos, tiene el pelo corto color champagne y es petisa –casi enana–, viste con un tul lleno de bolas, como un arbolito de Navidad. Debajo, las tetas grandes caen como peras pasadas, parecen tristes. Cuando se da vuelta, la cola-less apunta al público, y ella se agacha una y otra vez, para un lado y el otro. El otro personaje es un hombre que no habla, fue cantante, fue una estrella, estrella del karaoke en casamientos y cumpleaños. Vestido con una salida de baño roja, al mejor estilo Sandro, se emociona y lagrimea cuando escucha “La reina de la bailanta”, de Cacho Castaña o la “Balada de la trompeta”, de Raphael, pero no habla.

Algunos excesos de voces, que se transforman en gritos, son comprensibles, por un hombre que no habla en toda la obra y no se sabe qué le pasa.

Un poco de humor en el medio de tanta melancolía genera equilibrio y descompresión.

El director, Galo Ontivero, trabajó en más de 14 obras como actor, siendo ésta la primera que dirige, dijo para Soy: “La identidad que no tiene una sexualidad, que puede ser todas y ninguna, esto ve el público. Yo, en cambio, veo el mágico momento de transformación de los tres en uno solo”. Galo simultáneamente trabaja como actor en Nosotros los héroes y el año pasado protagonizó Jugar con fuego, de Strindberg, y Almuerzo en la casa de Ludwig W, de Bernhard. Paulo San Martín (La Numis) dirigió Cucaracha rabiosa, donde hacía de un clown travesti. En esta obra debuta su hermana, Sabrina San Martín, y se destaca Marcel Saltal (Sr. Vogler) por su intenso trabajo expresivo, con la limitación de no usar la voz como herramienta. Es docente del Instituto Nacional de Teatro, es formador de actores y trabajó, entre otras obras, en Hamlet acorralado y Mis noches blancas. Son las últimas funciones, quedan tres, con posibilidades de continuar.

Jueves a las 22, Habitándonos Teatro, Valentín Gómez 3155. Ultimas funciones, hasta el 6 de diciembre

Nosotros, los héroes. Crítica de Jorge Paolantonio para Didascalias Crítica Teatral

‘Nosotros , los héroes [versión sin el padre]’, escrita en 1993, es la vigésimo- segunda obra de las 26 escritas por el francés Jean-Luc Lagarce.  Prolífico autor, actor y puestista nació en 1957 y falleció  a los 38 años,  víctima del sida –al igual que otros  dramaturgos  de su generación como Bernard-Marie Koltés o Copi [Raúl Damonte Taborda].

Director sobresaliente de obras de Ionesco y Labiche y de sus propias obras, Lagarce , tras años de estudio, devino experto en filosofía. Su rasgo más distintivo está emparentado con la retórica  especulativa – su teatro gira sobre el discurso-  y sus obras tienen un débil nudo argumental o carecen de él. En cambio, sus creaturas  desfilan en escena como si concebidas en parrafadas. Y parecen desarrollarse y modificar su conducta solo a partir de su propio discurso y no presionadas por las circunstancias que las rodean.  Así Lagarce  postula  -en la interacción de un conjunto-  la capacidad de cada ser para ‘sobrevivir’ sin dejar de llamar a las cosas por su nombre. En tal sinceridad, muchas veces hiriente o descarnada,  está la clave de su mensaje.

Nada de esto está ausente de la pieza que llega a nosotros , en traducción de Laura Campodónico, y versión dirigida por Laura Benavídez. Diez actores pueblan la escena. Son, a su vez, diez actores de una compañía transhumante y la integran una familia compuesta por madre viuda, dos hijas, un hijo, y un abuelo, una administradora, dos varones[uno, prometido de la hija mayor], y un matrimonio –los Tschissik. La madre dirige la compañía y fuerza a su progenie a ganarse la vida con el teatro de repertorio. Van de pueblo en pueblo, actuando en tinglados o galpones. Solo los Tschissik parecen haber conocido escenarios  reales [son los ‘profesionales’ del elenco]. Salvo Karl, que jamás siente la necesidad de ser actor, el resto se esfuerza por ser o parecerlo. La señora Tschissik  es la única que por su belleza algo marchita pero turbadora  (y no por su calidad de actriz) ha conocido las mieles del aplauso y la comodidad de una sala con camarines.

La madre, cabeza  también de la compañía, actriz intuitiva pero experimentada, no repara en destruir a los otros con tal de salirse con la suya. La interacción compleja de estos diez seres configura una trama que debe examinarse a la luz de los diálogos particulares y en la escenas de conjunto. Estas se alternan en una urdimbre de la que nadie parece salir indemne.  Entre todos deben decidir el destino de la compañía. Pero los individualismos reprimidos  empiezan a perder su mordaza a medida que la obra avanza. La guerra es una sombra ominosa que algunos conocen y otros temen. La inescrupulosa madre termina revelando sus prejuicios y exhibiendo su peor costado.  La celebración del compromiso se convierte en un atolladero que urge definiciones. Amor y sensualidad,  fidelidad y traición. memoria y presente, tradición y futuro : todo parece contar. Del grupo se aparta Max, el único idealista. El resto deberá sobrevivir en esa rutina que los fuerza a pactar entre el miedo al hambre, la mediocridad y la hipocresía. Son nómades de una vida en contínuo viaje hacia la incertidumbre.

Lagarce, cultor de musicales, propone distensión para cada climax a partir de canciones que el elenco va proveyendo. En esta versión se ha preferido canciones en iddish, incluido un tango, alguna cancioncilla infantil [de reminiscencia sefardí] y hasta un fado. Estas melodías, sin presuntuosidades líricas, logran enmarcar la  idea de aquellas viejas compañías de cómicos judíos que seguían las paradas del ferrocarril para dejar en las aldeas prusianas o la verde Mazovia polaca –por citar casos- el reguero de su escuela dramática. [Queremos ver aquí un velado homenaje al aporte hecho a la tradición judeo-argentina hecha por cientos de actores que hacían obras en iddish en el tradicional teatro IFT del Abasto].

Destacamos  la actuación de Sylvia Tavkar : su peso sensual es verosímil no solo por su su physique du rôle. Emma Rivera –la madre-  tiene chispazos brillantes pero tiende a salirse de tonos. Es encomiable  la expresividad del Karl de Galo Ontivero y muy convincente ese señor Tschissik en su largo parlamento. El abuelo , Leonardo Odierna, respira oficio. Correctas ambas hijas. Un aparte para la voz de María Laura Rojas [tango y fado].

Distintas líneas de actuación confabulan en contra de un resultado más feliz. Pero Mónica Benavídez sale airosa de esta difícil prueba : armonizar un elenco en una obra de caraterísticas muy peculiares.  La audiencia mantiene su interés a través de todo el desarrollo. Escenografía, vestuario y luces son adecuados y crean el marco apropiado para este digno espectáculo.

Por Jorge Paolantonio

Persona. Crítica de Katherine Fernández Albornoz de Ambarrevista

Una obstinación, profunda y concluyente, se convierte en un trayecto donde el silencio y la palabra se relatan en sus propios alcances.
La mudez y el verbo pletórico se explayan en el escenario que Galo Ontivero ha construido para Persona, una historia basada en el film de Ingmar Bergman que lleva ese mismo nombre, pero que explora con nuevos artilugios estéticos y narrativos esta pieza capital de la cinematografía, para resolver finalmente el drama por vías distintas a las planteadas por el director sueco.
  
Tras la pérdida de su voz, el señor Vogler (Marcelo Saltal) reposa en una casa de campo. Hasta allí es enviada la enfermera Alma (Paulo San Martín), quien llega con su inseparable hermana “la Numis” (Sabrina San Martín). Mientras ambas intentan recuperar la voz del llamado Rey del karaoque, se genera una transitoria convivencia en la que se habitan los terrenos extrapolados de la voz y cada uno encuentra modos singulares y elocuentes de expresar las emociones que esa convivencia le despierta.
Si bien en el film de Bergman la actriz Elisabeth Vogler llega a una simbiosis con la hermana Alma, quien la cuida tras intentos fallidos de reponer su voz, en la pieza teatral dirigida por Ontivero, esa simbiosis parece sólo un tránsito y no la centralidad de la misma. Aquí asistimos a una exploración de las posibilidades de la sustitución, que nos arroja a un impredecible final.
Y en el trayecto, palpamos una multiplicidad de situaciones: decidir enmudecer, relatarse para ocupar el silencio, darle existencia a otro en el silencio propio, presenciar esos emplazamientos, temer a la fuerza mental que soporta el enmudecimiento, imponerse con la palabra, ocupar la inexpresividad del otro, estudiar a quien habla en abundancia, confundirse con las propias disertaciones, ser superado por la palabra, suplantar a quien ha decidido callar, enloquecer, sostener la mudez…
La obra marca ritmos muy claros, desde la iluminación -con el paso del día que trasluce por la puerta-, hasta las formas expresivas que van creciendo en nivel de intensidad y estallan en una sensación de ahogo. De esta manera, se logra un efecto en los espectadores que surge de la potencia misma de los dos personajes de la película de Bergman, que aquí rayan en lo grotesco para saturarnos y aturdir la vista. El tercer personaje de Ontivero tiene mucho que ver: “La Numis”, plena en corporeidad y exuberancia.
Así, esa sensación que de repente nos envuelve, es el desbordamiento de la estética elegida en el reducido espacio donde actores y público se confinan. Y después…
..después no deja de ser intrigante la forma en que tres personas pueden llegar a comunicarse mientras se abocan a una rehabilitación en la que quizá no es conveniente insistir.
Una obra recomendada, para conocer además el espacio cultural Habitándonos, declarado “Embajada de Paz” por el Senado de la Nación.

Persona. Crítica de Juan Castro de Revista El Abasto

El lenguaje a flor de piel

El silencio se plantea como el idioma de la desesperación. Cuando ya no hay palabras, cuando la identidad se diluyó en el último punto y coma, llega un páramo callado de señas, guiños y puchos prendidos uno atrás del otro.
Así vive el protagonista de Persona, el Sr. Vogler, cantante de karaoke interpretado por Marcelo Saltal. La presencia de la enfermera Alma (Paulo San Martín) y su hermana “la Numis” (Sabrina San Martín) durante la rehabilitación del cantor mudo van desenmascarando, en primer lugar, la vida del enigmático hombre de bata carmesí. Luego, como una consecuencia de esto, los deseos de ambos también saldrán a la luz qué hay detrás de cada apariencia.
Más allá de los silencios del cantor, hay una tensión notable en el ambiente. Desde Alma que insta a que el cantante recupere la voz, la Numis quien hace la suerte de defensora-amante, hasta Vogler que, entre tema y tema de fondo, acomoda y desacomoda una escopeta, la expectativa del público va en aumento.
En síntesis, Persona es la historia de lo que a todos nos puede ocurrir en cualquier momento: dejar de lado quienes alguna vez fuimos para emprender otro camino, otra mirada sobre el mundo, aunque tengamos muchas Almas y Numis encima para evitarlo. Siempre habrá un Vogler que con su silencio desapruebe la lógica del sistema en el que estamos inmersos; esa canción complaciente y alienante nunca la escucharemos de su boca, eso queda claro en esta obra.
¡Altamente recomendable!

J.M.C.

Persona. Crítica de Patricio Rafaelich y Matías Alarcón de Show Online

El Espacio Cultural Habitándonos, declarado “Embajada de la paz” por el Senado de la Nación y “Sitio de Interés” por el Ministerio de Cultura de la Nación, otorga todos los jueves la oportunidad de disfrutar de una obra de teatro única.  El espacio que compone este viejo ex hotel -ahora magistralmente reacondicionado- se comporta como el lugar de alojamiento perfecto para el desarrollo de una historia muy peculiar.

 

El Sr. Vogler (Marcelo Saltal), ex cantante de karaoke, se encuentra realizando una rehabilitación psiquiátrica en una casa quinta prestada. Desde hace un tiempo, en medio de una función, perdió el habla. Su estado y su modificación sólo dependen de una decisión: querer comunicarse. La enfermera Alma (Sabrina San Martín)  y su herman@ (Paulo San Martín) son sus acompañantes terapéuticos.

 

La obra se organiza fundamentalmente en torno a los preceptos de la estética vanguardista del expresionismo.  Se puede identificar esta corriente artística en la elección del caso excepcional que se representa, en la eliminación de la distancia física entre escenario y auditorio, en la absorción por parte de los personajes de un simbolismo particular y en la utilización de la narración y el acto enunciativo como eje organizador del desarrollo del drama. Todo pasa aquí en la palabra. Frente a esto, la ausencia de diálogo, de producción lingüística por parte de uno de los participantes de la situación comunicativa, vuelve absurda e imposible la representación, pues, simplemente, ser persona es hablar.

 

  El trabajo de puesta en escena, bajo la dirección de Galo Ontivero, es sinceramente excelente. Desde el armado del escenario, que como se mencionó antes coincide perfectamente con la estructura del viejo hotel,  -tanto que parece una habitación del mismo- pasando por el elegante vestuario a cargo de Pía Drugueri -destacando por sobre todo el de Sabrina San Martín, que simboliza claramente su función en el espacio-, hasta llegar, finalmente, a la suprema ejecución de los actores involucrados. Sinceramente, da gusto presenciar la notable actuación de Paulo San Martín -quien nos inhibe la posibilidad de borrar la sonrisa de la boca-, el virtuoso aprovechamiento de la comunicación gestual -único medio a su alcance- de Marcelo Staltal y  la también silenciosa pero muy corpórea participación de la auténtica y amorosa Sabrina San Martín.

 

No hay posibilidad de pasar por alto esta oportunidad.  Mi recomendación: acérquense, tomen una copa, conozcan la historia del recinto que alberga la obra y disfruten de una comedia diferente.

Persona. Crítica de Azucena Ester Joffe y María de los Ángeles Sanz de Luna Teatral

La Sala /Escuela Habitándonos, se encuentra en el corazón del Abasto, lugar que desde hace años es uno de los centros del teatro de autogestión. Hotel que fue recuperado, ya hace cinco años, por Cecilia Colombo y Alberto Ivern, donde también participa Lucía Lerendegui, y que posee salas de ensayo, un lugar donde se brindan clases, se llevan adelante exposiciones, muestras, conferencias y representaciones teatrales. Haciendo un poco de historia:
El lugar era una enorme casa en ruinas a la cual los vecinos denominaban “El Hotel”. Rasqueteando sus viejas paredes aparecía una misma leyenda escrita en azul sobre placas de chapa esmaltada: “es prohibido escupir en el suelo”, ordenanza municipal, 21 de abril de 1902. Era casi el único rastro que quedaba –además del cartel en la puerta-, del hotel “LUGO”, creado por Martin Anta, oriundo de esa localidad española, para los inmigrantes que llegaban desde Europa a Buenos Aires. Cecilia y Alberto soñaban con abrir un centro de integración cultural, al cual bautizarían “habitándonos”. Los  vecinos en cambio presagiaban una catástrofe: “mire que El Hotel se está cayendo”, les aseguraban. Pero esa tenaz profecía, junto a la falta de papeles y probables juicios sucesorios, el estado deplorable de los techos y el hecho de estar ocupado por intrusos…que tanto espantaba a los probables compradores, fue lo que les permitió a estos artistas, concretar su sueño sin tener que empeñar en ello más que sus escasos ahorros y la venta del pequeño departamento en el que vivían. Hoy en “Habitándonos” anidan entre otras iniciativas, una sala teatral [1], la sede central de la Escuela Latinoamericana de Mimo y Teatro Corporal, el Taller de Teatro y entrenamiento corporal expresivo, entre otras muchísimas iniciativas artísticas y culturales. En 2011 Habitándonos fue declarado “Embajada de Paz” por el Honorable Senado de la Nación, a instancias de la ONG “Mil milenios de paz” y el Consejo Argentino por la Paz.
En ese espacio que es prueba evidente de que el teatro es mágico y pone en acto aquello que la imaginación se atreve a insinuar, se lleva adelante una pieza que trabaja sobre todo con la subjetividad.  La puesta  desde el título, Persona1, pone en escena una indefinición, persona es un sustantivo que encierra un concepto pero que no propone una referencialidad. Sin embargo, los tres personajes que habitan la escena si tienen cada uno una identidad compleja que aparece negándose a sí misma desde la palabra y desde el silencio. El Sr Vogler, la enfermera Alma, y su hermana “la Numis” son tres en uno como la Santísima Trinidad. Nada aparece como una realidad concreta, y la primera categoría que cae es la de verdad. La realidad está construida desde la mascarada y el absurdo, desde lo bizarro y lo grotesco, desde el relato unívoco de la enfermera que trasvierte su sexualidad, ya que es un hombre con tacos altos, cartera y uñas pintadas pero que conserva su barba, y su ropa masculina, mientras su hermana ¿alter ego de sus fantasías eróticas? Despliega su sensualidad delante del Sr Vogler y del espectador que asiste al desafío de ser interpelado desde el cuerpo y la violencia que se ejerce sobre él. Las muy buenas actuaciones logran desde el cuasi – monólogo de Paulo San Martín, la intensidad del trabajo con el cuerpo de Sabrina San Martín y la expresividad del gesto de Marcelo Saltal, que los climas se sucedan sin descanso, envolviendo al espectador en una espiral, en una vorágine donde la incertidumbre de los sucesos presentes y los evocados pone siempre en cuestión la certeza de lo expresado, desde el silencio  y la comprobación de lo que perciben los sentidos. La muerte que acecha en las flores, en la escopeta, en el relato de la enfermera Alma, busca ser neutralizada por los actos repetidos y convencionales que la sociedad le pide a los hombres; “personas” que encierran una y muchas entidades dentro de sí, y que tras la máscara de la normalidad ocultan el cielo y el infierno que los habita. Un trío compuesto por seres que se duplican, Vogler y el Rey del Karaoke, Alma enfermera /enfermero, la Numis la hermana de Alma y la seductora de Vogler. ¿Por qué la puesta nos incomoda y nos sensibiliza al mismo tiempo? Tal vez porque pone en acto nuestra propia inestabilidad, nuestros miedos, la fragilidad de nuestras máscaras, los secretos que nos constituyen en lo más oculto de nuestra conciencia, y la única certeza posible e ineludible, la de la muerte. Relato que enmarca otros relatos, que se extienden para concentrarse en un punto hacia el final, donde la soledad se produce por la eliminación del otro, ese otro que nos perturba en su presencia acusadora. Relatos que en el nivel profundo de la historia son fuerzas, corrientes que se chocan y se desplazan constantemente. A otro nivel, no tan profundo pero igualmente intenso, también se genera cierta incomodidad espectatorial de manera arbitraria y totalmente provocada desde el espacio escénico. Un espacio muy reducido que involucra necesariamente al público, no por los límites físicos de la Sala sino por la manera en que está armado el dispositivo escénico. Otro tema importante es la abundancia de elementos kitsch, o mejor dicho “lo camp”, siguiendo a Sontang:

 

Es más, la esencia de lo camp es el amor a lo no natural: al artificio y la exageración. Y lo camp es esotérico: tiene algo de código privado, de símbolo de identidad incluso, entre pequeños círculos urbanos. (1984: 303)

 

La novelista y ensayista da más de 50 notas sobre “lo camp” y, en particular, nos parece pertinente la siguiente nota en relación a Persona:

 

10. El camp lo ve todo entre comillas. No será una lámpara, sino una«lámpara»; no una mujer, sino una «mujer». Percibir lo camp en los objetos y las personas es comprender el Ser-como-Representación-de-un-Papel. Es la más alta expresión, en la sensibilidad, de la metáfora de la vida como teatro. (308)

 

Porque consideramos que la propuesta de este hecho teatral, en especial, es poner entre comillas las categorías y códigos teatrales preestablecidos, poner entre comillas la cotidianidad y la rutina, para indagar sobre el artificio desde otras posibles perspectivas, otras diferentes miradas, sin olvidar lo mágico y lo ritual de cada representación teatral.

Nosotros, los héroes. Crítica de David Bogado para Show Online.

Nosotros, los héroes (versión sin el padre) del gran dramaturgo francés Jean Luc Lagarce se presenta los domingos en el teatro SHA.

La obra se desarrolla en algún punto perdido del viejo continente, los artistas de una compañía de teatro se reúnen para festejar el compromiso de dos de ellos. La noche transcurre con felicidad, bailes, engaños, tristeza, cantos, traiciones, celos, discusiones, envidias, risas, llantos…no será una noche mas para estos artistas.

Con muy buenas interpretaciones de los actores, cabe destacar que son  diez en escena todo el transcurso de la obra, se luce la señora Tschissik (Sylvia Tavcar) en su papel no solo en lo actoral sino también en lo musical, el abuelo (Leonardo Odierna) con un toque de humor magnifico y Karl, el hijo (Galo Ontivero) que construye un gran personaje. 

Excelentes movimientos coreográficos y una iluminación perfecta para que el espectador disfrute y no se pierda ningún mínimo detalle de cada dialogo/acción. Una puesta de escena esplendida a cargo de Eduardo Spindola que nos relata una vida nomade. Con canciones interpretadas con una pasión exquisita que toman el protagonismo y dejan al espectador con ganas de estudiar francés.

Dirigida por Mónica Benavides, que también ha trabajado en “Jugar con Fuego”, “Opus 4 Pelícano”. Nosotros, los héroes es una propuesta más que recomendable para los amantes del buen teatro.

Como diría Lagarce “Aparte de todo, estar en un teatro es la felicidad”

La Habitación de H. Pinter por Nicolás Ciccotosto de Didascalias Crítica Teatral

La habitación (review)

“La habitación” [1957] es la primera obra representada del británico Harold Pinter [1930-2008] que ganara el Nobel a los 78, casi al final de su vida y tras haber escrito 29 obras de teatro, más de 20 guiones de todo tipo, además libros de poemas y valiosos ensayos.

En esta pieza, gobernada por los elementos principales del absurdo aunque ya con un toque en los silencios y los espacios limitados -que le valdría, más tarde, el adjetivo “pinteresco”- la historia se centra en la tranquila vida de un matrimonio que convive en la habitación de una casa oscura y casi vacía. Al inicio de las jornadas el marido debe salir, dejando sola a la mujer quien, de vez en cuando, recibe la visita de alguien  que trae el “peligro” que existe fuera de ese receptáculo que es su mundo. El desarrollo del relato discurre a partir de las intromisiones de individuos en la tranquila vida del matrimonio Hudd y la reacción de ambos ante estas visitas indeseadas.

El espacio teatral Del Borde (Chile 630) albergó hasta el 19 de octubre una puesta de “La habitación”. Cimentada sobre la idea de un mínimo de personajes interactuando en cuartos opresivos, esta ingeniosa versión –a cargo de Gonzalo Facundo López, joven director– permitió acceder a la primigenia propuesta escénica del autor inglés [quien solo tres años más tarde triunfaría mundialmente con su “The Caretaker”, aquí conocida como  “El Guardián”].

Con una escenografía [Fernando Leiva] estéticamente coherente con el relato,  “La habitación” quebró la cuarta pared para introducir al espectador en la fría cocina de los Hudd. En ese microcosmos, altar en que Rose Hudd rendía culto a su parco marido, los personajes entraron y salieron según la voluntad del director, dejando en la habitación una serie de parlamentos bien estructurados que difícilmente dejarían de resonar en su ausencia. En ese ir y venir constante, la señora Hudd – viva en la piel de Azul Ratti– sufrió mutaciones anímicas hermanadas con adecuado control de la voz y buena gestión del lenguaje no verbal. Este trabajo corporal fue también notable en las intervenciones del señor Hudd – creatura del actor Galo Ontiviero –, el personaje más complejo y siniestro de la pieza. El resto del elenco realizó, sin destacar, un trabajo que complementó el lucimiento de los protagónicos.

Las luces [a cargo de Héctor Zanollo] tuvieron su cuota en la transmisión de las emociones oscuras que rigen el relato ‘pinteresco’. El juego de sombras, inteligentemente proyectado en escena, logró inquietar y convertir al espectador en partícipe del drama de la señora Rose. El vestuario, sin embargo, no armonizó del todo con la propuesta global.

Con todo, esta puesta convocó talentos prometedores. El trabajo del joven director fue notable así como la resolución de iluminación y escenografía. La performance de la pareja principal tuvo eminencia. Esperamos ansioso nuevas propuestas resultantes de esta suma de talento, para la que auguramos muy buen futuro.

Por Nicolás Ciccotosto