Nosotros, los héroes. Crítica de Jorge Paolantonio para Didascalias Crítica Teatral

por Galo Ontivero

‘Nosotros , los héroes [versión sin el padre]’, escrita en 1993, es la vigésimo- segunda obra de las 26 escritas por el francés Jean-Luc Lagarce.  Prolífico autor, actor y puestista nació en 1957 y falleció  a los 38 años,  víctima del sida –al igual que otros  dramaturgos  de su generación como Bernard-Marie Koltés o Copi [Raúl Damonte Taborda].

Director sobresaliente de obras de Ionesco y Labiche y de sus propias obras, Lagarce , tras años de estudio, devino experto en filosofía. Su rasgo más distintivo está emparentado con la retórica  especulativa – su teatro gira sobre el discurso-  y sus obras tienen un débil nudo argumental o carecen de él. En cambio, sus creaturas  desfilan en escena como si concebidas en parrafadas. Y parecen desarrollarse y modificar su conducta solo a partir de su propio discurso y no presionadas por las circunstancias que las rodean.  Así Lagarce  postula  -en la interacción de un conjunto-  la capacidad de cada ser para ‘sobrevivir’ sin dejar de llamar a las cosas por su nombre. En tal sinceridad, muchas veces hiriente o descarnada,  está la clave de su mensaje.

Nada de esto está ausente de la pieza que llega a nosotros , en traducción de Laura Campodónico, y versión dirigida por Laura Benavídez. Diez actores pueblan la escena. Son, a su vez, diez actores de una compañía transhumante y la integran una familia compuesta por madre viuda, dos hijas, un hijo, y un abuelo, una administradora, dos varones[uno, prometido de la hija mayor], y un matrimonio –los Tschissik. La madre dirige la compañía y fuerza a su progenie a ganarse la vida con el teatro de repertorio. Van de pueblo en pueblo, actuando en tinglados o galpones. Solo los Tschissik parecen haber conocido escenarios  reales [son los ‘profesionales’ del elenco]. Salvo Karl, que jamás siente la necesidad de ser actor, el resto se esfuerza por ser o parecerlo. La señora Tschissik  es la única que por su belleza algo marchita pero turbadora  (y no por su calidad de actriz) ha conocido las mieles del aplauso y la comodidad de una sala con camarines.

La madre, cabeza  también de la compañía, actriz intuitiva pero experimentada, no repara en destruir a los otros con tal de salirse con la suya. La interacción compleja de estos diez seres configura una trama que debe examinarse a la luz de los diálogos particulares y en la escenas de conjunto. Estas se alternan en una urdimbre de la que nadie parece salir indemne.  Entre todos deben decidir el destino de la compañía. Pero los individualismos reprimidos  empiezan a perder su mordaza a medida que la obra avanza. La guerra es una sombra ominosa que algunos conocen y otros temen. La inescrupulosa madre termina revelando sus prejuicios y exhibiendo su peor costado.  La celebración del compromiso se convierte en un atolladero que urge definiciones. Amor y sensualidad,  fidelidad y traición. memoria y presente, tradición y futuro : todo parece contar. Del grupo se aparta Max, el único idealista. El resto deberá sobrevivir en esa rutina que los fuerza a pactar entre el miedo al hambre, la mediocridad y la hipocresía. Son nómades de una vida en contínuo viaje hacia la incertidumbre.

Lagarce, cultor de musicales, propone distensión para cada climax a partir de canciones que el elenco va proveyendo. En esta versión se ha preferido canciones en iddish, incluido un tango, alguna cancioncilla infantil [de reminiscencia sefardí] y hasta un fado. Estas melodías, sin presuntuosidades líricas, logran enmarcar la  idea de aquellas viejas compañías de cómicos judíos que seguían las paradas del ferrocarril para dejar en las aldeas prusianas o la verde Mazovia polaca –por citar casos- el reguero de su escuela dramática. [Queremos ver aquí un velado homenaje al aporte hecho a la tradición judeo-argentina hecha por cientos de actores que hacían obras en iddish en el tradicional teatro IFT del Abasto].

Destacamos  la actuación de Sylvia Tavkar : su peso sensual es verosímil no solo por su su physique du rôle. Emma Rivera –la madre-  tiene chispazos brillantes pero tiende a salirse de tonos. Es encomiable  la expresividad del Karl de Galo Ontivero y muy convincente ese señor Tschissik en su largo parlamento. El abuelo , Leonardo Odierna, respira oficio. Correctas ambas hijas. Un aparte para la voz de María Laura Rojas [tango y fado].

Distintas líneas de actuación confabulan en contra de un resultado más feliz. Pero Mónica Benavídez sale airosa de esta difícil prueba : armonizar un elenco en una obra de caraterísticas muy peculiares.  La audiencia mantiene su interés a través de todo el desarrollo. Escenografía, vestuario y luces son adecuados y crean el marco apropiado para este digno espectáculo.

Por Jorge Paolantonio

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