Persona. Crítica de Katherine Fernández Albornoz de Ambarrevista

por Galo Ontivero

Una obstinación, profunda y concluyente, se convierte en un trayecto donde el silencio y la palabra se relatan en sus propios alcances.
La mudez y el verbo pletórico se explayan en el escenario que Galo Ontivero ha construido para Persona, una historia basada en el film de Ingmar Bergman que lleva ese mismo nombre, pero que explora con nuevos artilugios estéticos y narrativos esta pieza capital de la cinematografía, para resolver finalmente el drama por vías distintas a las planteadas por el director sueco.
  
Tras la pérdida de su voz, el señor Vogler (Marcelo Saltal) reposa en una casa de campo. Hasta allí es enviada la enfermera Alma (Paulo San Martín), quien llega con su inseparable hermana “la Numis” (Sabrina San Martín). Mientras ambas intentan recuperar la voz del llamado Rey del karaoque, se genera una transitoria convivencia en la que se habitan los terrenos extrapolados de la voz y cada uno encuentra modos singulares y elocuentes de expresar las emociones que esa convivencia le despierta.
Si bien en el film de Bergman la actriz Elisabeth Vogler llega a una simbiosis con la hermana Alma, quien la cuida tras intentos fallidos de reponer su voz, en la pieza teatral dirigida por Ontivero, esa simbiosis parece sólo un tránsito y no la centralidad de la misma. Aquí asistimos a una exploración de las posibilidades de la sustitución, que nos arroja a un impredecible final.
Y en el trayecto, palpamos una multiplicidad de situaciones: decidir enmudecer, relatarse para ocupar el silencio, darle existencia a otro en el silencio propio, presenciar esos emplazamientos, temer a la fuerza mental que soporta el enmudecimiento, imponerse con la palabra, ocupar la inexpresividad del otro, estudiar a quien habla en abundancia, confundirse con las propias disertaciones, ser superado por la palabra, suplantar a quien ha decidido callar, enloquecer, sostener la mudez…
La obra marca ritmos muy claros, desde la iluminación -con el paso del día que trasluce por la puerta-, hasta las formas expresivas que van creciendo en nivel de intensidad y estallan en una sensación de ahogo. De esta manera, se logra un efecto en los espectadores que surge de la potencia misma de los dos personajes de la película de Bergman, que aquí rayan en lo grotesco para saturarnos y aturdir la vista. El tercer personaje de Ontivero tiene mucho que ver: “La Numis”, plena en corporeidad y exuberancia.
Así, esa sensación que de repente nos envuelve, es el desbordamiento de la estética elegida en el reducido espacio donde actores y público se confinan. Y después…
..después no deja de ser intrigante la forma en que tres personas pueden llegar a comunicarse mientras se abocan a una rehabilitación en la que quizá no es conveniente insistir.
Una obra recomendada, para conocer además el espacio cultural Habitándonos, declarado “Embajada de Paz” por el Senado de la Nación.
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