Jugar con Fuego de Strindberg. Crítica de Martín Wullich.

por Galo Ontivero

El dibujo textual de August Strindberg ante una familia que ha perdido a su cabeza paterna es, quizás también, dibujado por alguien en unos bocetos que se retocan durante el transcurso de la obra. La viuda hace lo que puede. Los hijos se desbandan. Como todo lugar que ha sufrido cierta opresión debido a reglas que devinieron arcaicas, energías ocultas y pujantes presiones de todo tipo salen a la luz mostrando las realidades que se escondían para mantener una imagen impoluta. Se pierden los límites. Las pretéritas convenciones sucumben. Surge el sexo como escape. El título de la pieza explicita el juego en que se embarcan.

El lugar elegido para la inusual puesta en escena es una escenografía natural, encantadoramente atrapante. La intimidad lograda, con apenas una veintena de espectadores, sentados en el patio, usando de asiento hasta la escalera que va al lavadero de la antigua casa, mientras muta gradualmente la luz natural del ocaso y se oye hasta la respiración de los actores, genera una comunión cómplice con el espíritu de esa familia.

Comienza a tejerse el drama, se espera un relato elocuente en el reflejo y vivencia de las pasiones, de la abúlica existencia, de la tibia indolencia. Hay perversión, hay displicencia, hay desamor, hay fastidio, hay mucho para expresar, pero los intérpretes no viven el texto, no lo expresan convincentemente sino en forma retórica, no juegan con fuego. La excepción es la personificación del hijo realizada por Galo Ontivero, cuya sola presencia impacta. Hay enojo en su mirada, hay ironía en sus movimientos, hay hartazgo en lo que siente, y todo eso se transmite sobradamente. Martin Wullich

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